
Posó sus manos
azules por el frío
sus escarchadas manos
sobre la frente,
descorriendo así el velo
-un mechón de cabellos ondulantes-
adelantando
los labios en un gesto inexpresable
como quien cree
que es prudente callar
que no se debe
dibujar en el el aire
la figura agrisada de la síntesis:
fin del amor
el mundo
ahora es esta grieta
por donde escapan
-juntos-
los días del sosiego y de la fiebre
ánfora rota que
guarda un puñado de volátiles cenizas
polvo más tiempo
espesando el aguardiente de la noche
que habrá dejado de beberse
en el devocionario abandonado.
Al pie de la deidad
sólo silencio
aguas de nieve
y un lirio seco, quebrado y amarillo
como si fuese otoño para siempre
para siempre y temprano.