10 enero 2006

La ruta de la seda



La turba de las ferias es un perfume vago
adormecido en el fondo del báculo
que las manos de un monje abrieron en Bizancio
capullo donde abdica la crisálida
en pos de un hilo fino
que platearán las lunas
y ha de dorar el sol con el sólo reflejo
del oro verdadero.
Lisa hebra delgada que sellaría
la imposible amistad de Oriente y Occidente
el tráfico constante de gentes y de naves
desde el surco remoto de la historia
hasta el mar conocido por nosotros.
Ego sum. Mare nostrum.
Ciudades como umbrales, como grietas
Estambul o Bizancio: Constantinopla
y también Esmirna, Anatolia
o la oceánica Mármara, la envilecida Ankara
en lenguas tan sonoras, que respiran la música
la maldición babélica se invierte
(bendice ahora su boca al pronunciarlas)
Baba, lazo, opalino cristal
levedad destinada a brillar sobre el cuerpo
escondida en el vientre de un gusano,
esa forma carnal que asume el tiempo
cuando horada preciso la materia porosa
y paciente y fatal, devora todo:
él, yo, las tiernas hojas
de un árbol de morera.
Puente, nexo delicadísimo entre orillas adversas
catalepsia del ego y sus deseos
teje la suavidad en el telar del mundo,
señálame en sus mapas con tus líneas punteadas.

2 comentarios:

Reina dijo...

Inx, quisiera poder siquiera pensar (o sospecharme capaz de pensar)esas imágenes tan tan tan increiblemente hermosas -lo mío hoy es el merecido piropo sin vueltas!_,

inx dijo...

Lo tuyo es buena onda, hoy y siempre. Gracias,Daniela.